Las cosas no tienen que ser perfectas para ser maravillosas

La frase que pone título a este post es una lección que aprendí desde que supe que nuestra hija Miranda estaba en camino.

Nuestro embarazo fue complicado. No fue aquel embarazo idílico. No tenemos ni siquiera fotos con la panza de su mamá Vero, salvo algunas que ella tomó en alguno de los pocos momentos sin dolor durante todo el embarazo..

Desde el día 1 de embarazo, Vero tuvo que estar acostada. Mi labor durante ese tiempo fue cuidar de ellas, alimentarlas (unas 6 veces por día). Atender la casa. Trabajar. Hacer mercados. Atender la vida. Madrugonazos al hospital. Todo mientras mi amada compañera, pacientemente, se quedaba en cama. Y yo hice todo esto con todo el gusto del mundo y el mayor optimismo posible. Porque sentir a Miranda patear, poder tocar ese “polvo de estrellas”, ha sido una de las cosas más maravillosas que he podido experimentar. Pero fue un cambio de vida difícil, crítico y estresante, día tras día…

…durante seis meses.

Seis meses de reposo que han debido ser nueve. Estuvimos perdiendo líquido amniótico hasta que las ingresaron en la emergencia del hospital durante la madrugada del 31 de Diciembre de 2.010.

Miranda nació prematuramente, a las 25 semanas y 4 días, pesando 760 gramos, – llegó a pesar 500 -. Cuando nació, no era un bebé, era un pequeño feto aún en gestación. Ni siquiera tenía los ojos abiertos.

Y aún tuvimos que luchar mucho. Especialmente ella. Durante los 3 meses de incubadora Miranda tuvo líquido en los pulmones, glicemia baja, transfusiones sanguíneas, Anemia, infección intestinal, etc. La pincharon muchas veces (catéter y demás).  Pero ninguna de estas complicaciones nos quitaban las ganas de estar con ella, de sacrificar nuestras vidas, de ayudarla como pudiéramos. Todo era complicado, y aún así todo era maravilloso.

Me sentía iluminado. Nada nunca me había parecido tan hermoso como en esos momentos duros y difíciles. Nunca la vida me había parecido tan milagrosa.

Hoy las cosas son relativamente tranquilas, pero tengo siempre presente la lección de Miranda. Todos nuestros sacrificios hoy importan muy poco, porque el resultado ha sido magnífico. Tenemos una hija preciosa, muy luchadora y encantadora. Afortunadamente es una niña perfectamente sana. Y aunque ni ella, ni nosotros somos perfectos, sí sabemos que somos seres maravillosos. Somos maravillosos porque estamos vivos. Porque nos sobreponemos a los problemas. Porque nos sorprendemos con los pequeños actos de magia de la vida. Porque podemos decidir qué actitud tomar frente a las situaciones.

Miranda es mi mayor lección de emprendimiento, de constancia, de amor, de sacrificio. Mi lección de vida.

Las cosas no son perfectas, pero pueden ser maravillosas si tomamos la actitud correcta.

Pueden ver toda la historia de Miranda en el blog de su mamá.

¡Feliz cumpleaños Mimí!

 

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